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LENOX NAPIER

A cada cual lo suyo

Me sorprende que no tengamos una identidad. Hay 307.000 británicos viviendo en España y quizás un millón repartidos por toda la UE (nadie parece saber cuántos). Luego están todos los ciudadanos de la UE que viven en un país de la UE distinto al suyo, además de todos los que vinieron de otros lugares: Sudamérica, el norte de África, China, Ucrania y Tombuctú.

¿Cuántos son? En España, hay alrededor de 8.500.000 personas nacidas en el extranjero, y en toda la Unión Europea, con sus 450 millones de habitantes, estamos hablando de unos 60 millones de ausländers de un tipo u otro que han elegido un (nuevo) país de la UE para establecerse.

La pregunta es: ¿quiénes son y dónde están?

En general, los extranjeros hemos venido aquí para trabajar o para jubilarnos.

Los trabajadores pueden ser esa gente pobre que llegó aquí por necesidad económica, a veces arriesgando su vida por la posibilidad de un futuro mejor, o tal vez volaron aquí simplemente con una buena oferta de trabajo.

Los jubilados, quizás porque vivimos mejor aquí (pienso en: —¡Dios mío, son los países de los PIGS!— con su buena comida, vecinos amables e inviernos cálidos).

Pero todos nosotros pasamos bastante desapercibidos para la gente local. Hay algunos ricos de Hollywood o deportistas que adornan las páginas de las revistas del corazón, mientras paseamos por sus casas palaciegas en Mallorca o Majadahonda, acompañados por algún portador de prosa purpurada; luego están los pocos extranjeros mansos que han sido aceptados por la población local (en España, tenemos a James Rhodes, Ian Gibson y el difunto Michael Robinson); algún que otro homenaje a líderes políticos destacados (no hay ninguna calle Churchill, pero Madrid sí tiene a su sublime plaza de Margaret Thatcher). Se recuerda a veces a algunos otros extranjeros de épocas pasadas: las diversas familias jerezanas y el barrio del Dr. Fleming, también en Madrid (él descubrió la penicilina). Aunque no hay Glorieta de Francis Drake…

¿No sería divertido que uno de los nuestros se hiciera conocido por sus proyectos literarios o musicales, o porque él (es decir, ¡nosotros!) inventó una cura para el cáncer? Eso nos haría caminar con más orgullo.

Los extranjeros, somos en gran medida invisibles, ya seamos expatriados (‘expats’ en inglés), inmigrantes, guiris, piratas, hijos de la Pérfida Albión o aquellas personas que por diversas razones se encuentran huyendo, todos viviendo una vida mientras sufren ciertas ausencias, ya sea la familia, las tradiciones o un buen bote de mermelada escocesa en la nevera.

¿Qué echas de menos de tu país?, preguntan a veces las redes sociales.

Yo, nada, llevo aquí demasiado tiempo.

Una página útil para ayudar a sortear la burocracia aquí en España es la llamada «Brexpats in Spain International». El nombre probablemente surgió gracias al Brexit (que nos afectó mucho más a los británicos de la UE que a los británicos del Reino Unido).

El otro día, esta respetable organización decidió cambiar su nombre a “Expat Support in Spain” y recibió fuertes críticas por ello de muchos de sus seguidores. El anuncio en Facebook cosechó rápidamente 203 comentarios antes de ser desactivado. El primero decía: “Aunque entiendo que el grupo ya no encaja con su nombre anterior, ‘Expat’ tampoco es un buen término genérico. Yo y muchos otros NO somos expatriados, somos inmigrantes y estamos orgullosos de serlo”.

Los británicos se han puesto firmes, ya no solo están indignados por las corridas de toros y los gatos callejeros sin castrar, sino que ahora tienen una nueva pesadilla: que los llamen expatriados. La palabra viene de expatriado, que significa «una persona que vive fuera de su país de origen». ‘Un inmigrante’ significa algo similar, sin ser tan específico.

La gente de la página Brexit sirve, desde su página de Facebook, a los europeos del norte (es decir, prácticamente a los británicos) y todos entendemos el significado de la palabra.

Un inmigrante, generalmente uno que se muda por motivos económicos, probablemente buscará un pasaporte de su país de acogida, se esforzará por hablar el idioma y, con toda probabilidad, trabajará en algún puesto de baja categoría, como son los invernaderos o la construcción.

En resumen, sabemos lo que significa la palabra ‘expatriado’ cuando la oímos. ¿Pero qué piensan los españoles al respeto? ¿Somos de verdad ‘inmigrantes’ y no hay nada de malo en ello?

Pregunté a algunos amigos periodistas.

José María Martínez de Haro: ‘Suena inapropiado. El concepto de inmigrante en España se asocia con la etnia, la cultura y, sobre todo, la integración. Los ingleses, como europeos, no se consideran inmigrantes’. (Nótese que aquí usa otro nombre para los británicos: los ingleses).

“Llevan razón los ingleses que se consideran inmigrantes -me dice Miguel Ángel Sánchez-, pues han migrado desde su país para instalarse aquí. Eso es inmigración. Venir de un país para radicarse en otro.

Pero llevas razón también tú. Para un español suena raro llamar inmigrante a un europeo occidental, porque en el subconsciente tenemos grabado que la inmigración está vinculada a la pobreza, a la huida, a la salida de países en desarrollo para venir a países más desarrollados.

Así que, técnicamente, inmigrante es tanto un marroquí como un inglés, pero en el lenguaje de la calle no se lama inmigrante a un inglés y sí se le llama a un marroquí’.

José Antonio Serra: “Me reiría. Suelo defender a los ingleses. Como sabes, algunos españoles tienen prejuicios contra los ingleses. También es cierto que no suelen esforzarse mucho por integrarse”.

“El significado de ‘inmigrante’ es otro”, me dice Ángel Medina.

Diego Ramos: “Buenos días Lenox. El término es correcto, desde la perspectiva de que son inmigrantes en España y emigrantes del Reino Unido, aunque no sean estrictamente emigrantes en el sentido económico. Ahora se ha puesto de moda la palabra expatriados para diferenciar un poco los inmigrantes económicos de los que no lo son’.

Por qué deberíamos etiquetarnos como algo es otra cuestión, so pena que nos estén otorgando un nuevo pasaporte español.

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