El Estado de Bienestar
JOSÉ Mª MARTÍNEZ DE HARO/

Millones de jóvenes del Tercer Mundo ansían una vida mejor y para ello están dispuestos a trabajar soportando el esfuerzo y las inconveniencias, incluso arriesgando sus vidas para alcanzarlo. Mientras, en Europa y en España, otros tantos millones de jóvenes prefieren el refugio del Estado de Bienestar soportando situaciones extremas de largo desempleo

JOSÉ Mª MARTÍNEZ DE HARO

UNA INQUIETUD AVANZA en los países desarrollados. Los gobiernos avisan sobre problemas de abastecimiento en U.K, Unión Europea y también en España. Las campañas de recogida de frutas y hortalizas afrontan dificultades por falta de jornaleros. Las empresas constructoras no encuentran suficientes trabajadores. Así ocurre también en la obra civil y en tantas otras actividades: conductores, hostelería, restauración, pesca y en general trabajos de baja cualificación. Las ofertas de trabajo en multitud de actividades productivas apenas tienen respuesta entre los ciudadanos españoles.

En contraste a lo anterior las cifras publicadas en España sobre la población en situación de desempleo son de las más elevadas de Europa. En septiembre de 2021 la cifra total es del 14,5 % de la población, la incidencia del desempleo en los menores de 25 años es del 31,2% en mujeres y del 35,3% en hombres. Esto significa que hay una bolsa de población joven que paradójicamente no encuentra empleo y rechaza ofertas de trabajos poco cualificados. No resulta sencilla alguna conclusión. Pero la realidad es ésta y las consecuencias son innegables para tantas empresas y autónomos impotentes ante la situación del mercado laboral en España. Sería un reduccionismo alegar la avaricia de empresarios y autónomos y los bajos salarios o condiciones precarias. Esto podría ser cierto en determinadas circunstancias, pero no explica el desajuste por el que se perjudican cosechas sin recoger, camiones sin tránsito, negocios que no pueden abrir, etc., que obstaculizan el desarrollo de la economía nacional y, en algunos casos, llevan al cierre de empresas sin posible retorno.

Cuando esto ocurre las universidades españolas se han extendido en casi todas las provincias de España. La formación universitaria favorece la expansión del conocimiento y la formación, sin embargo hay una realidad que contrasta con el binomio elemental de la oferta y la demanda: cientos de miles de titulados universitarios engrosan las listas del paro y un alto porcentaje de ellos se encuentran en el listado de parados de larga duración. Puede deducirse que sus títulos no encajan con la demanda laboral en sectores decisivos de la economía; sectores primarios y otras necesidades elementales de la sociedad de consumo. Para algunos economistas este desajuste encuentra su origen en el avance de las tecnologías capaces de reducir el trabajo humano hacia un universo digitalizado con los ajustes de la informática, la inteligencia artificial y la robótica. En tanto todo esto conforma una nueva realidad económica y social, los grandes avances científicos no han sido capaces de lograr que un camión transite por las autopistas sin conductor. Tampoco que las faenas de la agricultura, la pesca, la industria, la construcción y otras actividades necesarias se desarrollen sin la aportación humana. Lo mismo ocurre con la hostelería, el ocio, la restauración y tantas otras actividades.

La realidad señala que siendo cierta esta anomalía, hay muestras de bastante desapego al trabajo esforzado, miles de jóvenes de ambos sexos no se encuentran motivados para los trabajos más duros y no tan bien retribuidos. El confort y otras circunstancias pueden condicionar el estímulo ante las ofertas de trabajo.

Steve Woolgar, profesor universitario en Reino Unido, afirma que hemos creado una sociedad más sofisticada y menos acostumbrada a la dureza del trabajo manual. Somos miembros de un Club Exquisito que se califica de “primer mundo”. Pero existen otros mundos menos desarrollados, el “tercer mundo”. Millones de jóvenes de ese mundo no conocen las comodidades ni la sofisticación de nuestro mundo. Solo ansían una vida mejor y para ello están dispuestos a trabajar soportando el esfuerzo y las inconveniencias, incluso arriesgando sus vidas para alcanzarlo. Y mientras logran arribar a países desarrollados en Europa y en España, otros tantos millones de jóvenes prefieren el refugio del Estado de Bienestar soportando situaciones extremas de largo desempleo. La frustración va arraigando lentamente entre los jóvenes que argumentan su rabia contra lo que ambiguamente llaman “el sistema”. La contradicción es que muchos pretenden cambiarlo sin haber accedido al trabajo.

Resulta habitual la imagen de algún joven sub sahariano junto a una hormigonera, en los campos de hortalizas, en la recogida de frutas, mezclados con otros jóvenes magrebíes y algún español. En las rutas nacionales e internacionales son frecuentes los conductores sudamericanos, rumanos y de otras nacionalidades, muy pocos españoles de menos de cuarenta años. Y así en todos los sectores productivos. Es posible cierta incompatibilidad emocional con los títulos universitarios que tienen colgados en la pared. Será cuestión de sociólogos, economistas y de los políticos conocer cuando habrían de cuadrar la oferta y la demanda de empleo en estos sectores. Mientras esto ocurre parece una muestra de hipocresía asumir sin rubor el esfuerzo de un trabajador de la construcción bajo el sol irredento, tal vez no conmueve el sudor del inmigrante. He preguntado a un joven en Madrid, me dice que es de Senegal y que está contento asfaltando las calles, y reza porque no le falte trabajo.

Los grandes pensadores, las multinacionales y políticos de esta sociedad tan sofisticada han encontrado la solución: mano de obra abundante, africanos, sudamericanos y otros tantos como piezas necesarias en esta configuración social donde millones de nuestros jóvenes “no encajan” en el trabajo. Así se pueden satisfacer con normalidad las necesidades constantes de una sociedad capaz de asumir estos desequilibrios. Resulta que necesitamos el trabajo de los “otros”. Habrá quien todavía se pregunte la razón esencial de la inmigración, las políticas de los países desarrollados, entre ellos España, marcadas por la hipocresía que no reconocerán la cuestión de fondo y colaboran para cubrir la necesidad de importar mano de obra. Solo así es posible completar el carro de la compra y satisfacer todas las necesidades de una sociedad consumista y en algunos aspectos irresponsable. Las sociedades confortablemente relajadas en este “primer mundo”, se muestran tan frágiles y decadentes que necesita del “tercer mundo” para subsistir.

Es la dinámica de este modelo social donde, según parece, lo importante es la felicidad y el confort. El esfuerzo lo ponen “otros”, nosotros nos limitamos a pagar. Y en eso están los que se dicen “progresistas”, los mismos que acogen y predican en favor de la inmigración legal e ilegal por razones de “humanidad, solidaridad y fraternidad”. Los mismos que contemplan el sudor de un subsahariano al borde de una carretera sin pestañear. Los que reciben al camarero sudamericano con una sonrisa, los que contratan servicios de tantos jóvenes ilegales.

Se trata de los “otros”, los nuestros merecen una vida mejor, en eso consisten muchas de las ayudas y subvenciones, son las paradojas del Estado del Bienestar. Hay cierta relajación moral en este asunto y cabe replantearse el precio de nuestro desarrollo.

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