El moro que pudo acabar con la paz entre las tierras de Lorca y Vera

*La conquista de Vera representada en la Sillería de la Catedral de Toledo.

La reconquista de Lorca en 1244 hizo avanzar los dominios cristianos hacia el sur, estableciendo una raya o línea fronteriza señalada en la costa por el mojón Mahoma-Santiago y en el interior por la Fuente de la Higuera. Al sur de aquella división imaginaria, que en realidad era una ancha franja de tierra de nadie, quedó recluido el territorio controlado por los musulmanes del reino nazarí de Granada cuya capitalidad asumió Vera


Mahomet Omar acostumbraba a adentrarse en territorio lorquino con el solo objeto de robar cada año su cosecha de miel

En los dos siglos y medio de vigencia de aquella frontera se sucedieron tiempos de incursiones, cabalgadas y razzias protagonizadas por los habitantes a uno y otro lado de la raya, pero también se prolongaron períodos de paz entre las dos ciudades y sus tierras gracias al papel conciliador que desempeñaron los ejeas –“egea” o “exea” –, personas que disfrutaban de un salvoconducto con el que podían cruzar sin temor la frontera y entrevistarse con las autoridades de Lorca y Vera; intermediaban y auspiciaban negociaciones entre ambas ciudades con el fin de resolver conflictos y enfrentamientos que, por obra y gracia de sus buenos oficios, alcanzaban a menudo desenlaces felices para la convivencia y para los intereses de cristianos y musulmanes.

Pues bien, unos años antes de la definitiva toma de Vera por Fernando el Católico los habitantes a ambos lados de la frontera vivían uno de estos intervalos de tranquilidad que les permitía penetrar cotidianamente en el otro territorio, establecer ciertos intercambios comerciales y económicos y deambular por tierras ajenas con la seguridad de no ser apresados y condenados al cautiverio. No obstante, no escasearon quienes se aprovecharon de aquel ambiente de calma y tolerancia para cometer sus particulares tropelías; una de las que más se reiteraban consistía en “sacar hornos de cera”, que no era otra cosa que entrar en propiedad de otro, donde había cultivo de colmenas, para asaltar su producción de cera y miel, ambas muy cotizadas y demandadas.

En este contexto acaecen los hechos que vamos a relatar, recuperados por el historiador murciano José García Antón en sus “Estudios históricos sobre Águilas y su entorno”. Desempolva este autor el relato de un moro de la villa de Las Cuevas, llamado Mahomet Omar, que acostumbraba a adentrarse en tierras lorquinas con el solo objeto de “descabezar colmenas” de un vecino de la ciudad murciana a quien, de este modo, robaba cada año su cosecha de miel. Ante la desfachatez del musulmán, decidió el cristiano coger su ballesta y dirigirse hasta las colmenas a guardar lo que era suyo y a esperar al contumaz ladrón.

Apareció éste como tenía por costumbre y fue sorprendido por el dueño, que no dudó en apuntarle al pecho con su arma con la decidida intención de matarlo. Mahomet le suplicó que no lo hiciese al tiempo que lo convencía de que sacaría mayor rédito si lo tomaba como cautivo y lo vendía en el mercado de Lorca, y ni corto ni perezoso extendió sus manos para que lo atase.

Aceptó el incauto cristiano, y cuando dejó su ballesta en tierra y “se entró la mano en el seno para sacar una cuerda”, aprovechó el moro el desliz propinándole un contundente puñetazo que lo dejó aturdido, además de producirle una herida en la cara con el anillo de latón que portaba en su dedo.

No tardó en atarlo ni en acercarse a las colmenas de las que cogió siete u ocho arrobas de miel. Cargado con ellas, volvió adonde se hallaba inmovilizado el cristiano y le ordenó que lo siguiese, pero este no quiso obedecer. Ante la negativa, no dudó el moro en echárselo a la espalda y con esta carga y con los panales recorrió media legua hasta llegar a una cueva o “silo” donde lo arrojó.

Como era tiempo de paz entre las dos ciudades, los de Lorca que echaron de menos a su convecino se entregaron a la búsqueda hasta que dieron con su rastro por las inmediaciones de Fuente de la Higuera y supieron que alguien lo retenía en tierra de Vera.

Como este hecho violento podía poner en riesgo la reinante y deseada calma entre los territorios, se solicitó la intermediación de los ejeas de Lorca, los cuales optaron por acudir al cadí (juez) de Vera, que se llamaba Hamete, para denunciar los hechos y exigir la devolución del cristiano sano y salvo. El cadí comenzó de inmediato las pesquisas y, para ello, interrogó a las gentes de los campos tanto de Vera como de Las Cuevas, aunque en todos los casos los preguntados declararon no saber nada sobre el asunto ni el paradero del cristiano.

Ante esta ausencia de resultados, el cadí, que sospechaba del silencio cómplice de los declarantes, les advirtió de que si no se devolvía al cristiano la paz podría acabar y se volvería a un ambiente de enfrentamiento que a nadie beneficiaba.

La amenaza de Hamete surtió sus efectos, ya que varios vecinos de Omar que sabían de lo sucedido lo convencieron de que entregase cuanto antes al cristiano por el bien de todos, lo que hizo esa misma noche conduciéndolo hasta la puerta de la casa del cadí.

Cuando el juez musulmán lo halló a la mañana siguiente, raudo ordenó llamar a los parientes de la víctima para que se lo llevasen a Lorca, garantizando de este modo la tranquilidad que la mayoría deseaba.

Así de frágil era la paz entre moros y cristianos durante la vigencia de la frontera: un hecho cotidiano la podía truncar e iniciar tiempos de conflictos y enfrentamientos.

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