La procesión de las Ánimas

En 1721 existía constancia de una hermandad en Cuevas del Almanzora conocida como la Cofradía de las Ánimas. Entre sus responsabilidades se encontraba la organización de un novenario dedicado a los difuntos, así como de una procesión indisolublemente unida a la leyenda que, a continuación, reproducimos

*Fotografía – Dibujo de José A. Canteras Alonso

En el centro del desfile se podía apreciar a un grupo de ánimas diferentes a las demás. Se trataba de las de aquellos que iban a morir durante los próximos doce meses

Los escasos cuevanos que se encontraban en la calle a esas altas horas de la noche sólo percibían un aumento del frío y un helor que se les introducía hasta los huesos

Cuando el manto negro de la noche caía sobre el pueblo, a las doce en punto entre los días 1 y 2 de noviembre, las campanas de la torre parroquial y las del convento de San Francisco comenzaban a tañer con el lúgubre sonido del toque de difuntos, recordando a los cuevanos que ese día que comenzaba estaba dedicado a aquellos que ya nos habían dejado.

Estos tañidos, además de llamar a la oración y a la reflexión sobre la vida y el tránsito a la muerte de los vivos, actuaban como una llamada sobre las ánimas benditas de los vecinos difuntos, las cuales, abandonando el antiguo cementerio del Calvario y el camposanto actual de San Miguel, se concentraban en la explanada que hay detrás del Castillo, como si de un fantasmal ejército se tratara, envueltas en sus sudarios, provistas de una capucha que les ocultaba el rostro y portando un cirio encendido en sus manos, símbolo de la luz eterna a la que aspiraban.

La razón de esta extraña reunión se encontraba en el centro de la multitud, donde se podía apreciar a un grupo de ánimas diferentes a las demás, que destacaban por la blancura y limpieza de sus sudarios y por no llevar cirios en sus manos. Espeluznantemente, se trataba de las almas de aquellos que iban a morir durante los próximos doce meses en el pueblo de Cuevas, y que eran llamadas por los ya difuntos para realizar con ellos su estación de penitencia.

Cuando en la madrugada de esa noche se había completado la reunión, comenzaba la tétrica y solemne Procesión de las Ánimas que, organizada en dos filas, salía de detrás del castillo a su plaza y enfilaba a paso lento la calle de la Estación, descendiendo por el Barrio hasta girar en la calle de Las Lisas, la cual recorría hasta llegar a la Cruz Grande, en cuyo lado derecho, las ánimas se introducían y desaparecían en el solar de la antigua iglesia del Santo Sepulcro.

Esta procesión era absolutamente invisible para los escasos cuevanos que se encontraban en la calle a esas altas horas de la noche, que sólo percibían un aumento del frío y la presencia de un helor que se les introducía hasta los huesos, al mismo tiempo que podían oler en el aire un intenso olor a cera quemada. Únicamente podían experimentar estos fenómenos mientras pasaba frente a ellos la procesión, pues inmediatamente después desaparecían.

Había, sin embargo, personas con la capacidad de verla. Eran aquellas que poseían el don de la clarividencia, sobre todo las que lo habían adquirido por herencia familiar y podían entrar en contacto con los difuntos. Por medio de ellos, podía saberse cuántos y quiénes serían los muertos del próximo año.

Otros que podían verla eran aquellos que, al ser bautizados, el sacerdote los había ungido por error con el óleo de la extremaunción en lugar de con el de infantes.

Los clarividentes que asistían a la procesión podían conseguir que algunos de los asistentes la vieran sólo con cogerlos de las manos. Mientras se las sujetasen, les trasferían su don. Esto consiguió que algunos que negaban su existencia y se mofaban de ella, como si de inventos de viejas se tratase, quedasen convencidos tras contemplarla con sus propios ojos. Otros, ni aun así lo creían.

Éste fue el caso de un joven de acaudalada familia minera que siempre negaba la procesión. Una de las criadas de su casa, clarividente ella, se ofreció a demostrarle su error y, en la noche señalada, esperaron en la calle de Las Lisas a que pasase el cortejo. Cuando la mujer vio que se aproximaba, cogió de las manos a su señorito, quien, notando el frío y el intenso olor a cera, comenzó a ver pasar ante él un gran número de ánimas con sus cirios encendidos, y, casi al final, otro grupo que no los portaba. Cuando llegaron a su altura, una de ellas salió de la formación y, situándose ante él, se echó hacia atrás la capucha. El joven y la criada vieron horrorizados que esa ánima era la del mismo señorito, que ya estaba convocada esa noche.

Pese al horror inicial, de nada sirvió la visión ni las súplicas de la criada, quien lo había cuidado con desvelo de madre, continuando él con su vida de juergas y excesos. Pocas semanas antes del siguiente Día de Difuntos, tras una de sus habituales alocadas jaranas, enfermó súbitamente y murió.

Si la próxima noche de difuntos te encuentras en Cuevas durante la madrugada, y notas un frío profundo y un escalofrío que te recorre la espalda, o un repentino olor a cera que flota en el aire, reza una oración por las ánimas benditas, pues seguro que están frente a ti realizando su estación de penitencia, aunque tú no puedas verlas; pero ten la seguridad de que alguien sí lo hará.

*El texto pertenece al médico cuevano Joaquín Baumela Flores, y es una de las 24 historias recogidas en el libro Leyendas del Bajo Almanzora, de Pedro Perales Larios y Enrique Fernández Bolea, ilustrado por José A. Canteras Alonso.

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