San Dominguito del Val
JUAN LUIS PÉREZ TORNELL/

Su historia fue inventada sobre un crimen ritual y atroz perpetrado por los judíos, remedando en un niño de siete años la crucifixión Jesucristo

JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

EL VÉRTIGO INFORMATIVO, bulímico e irreflexivo que se ofrece a una sociedad infantilizada, lleno de árboles que son talados apresuradamente, para pasar al siguiente antes de que el primero acabe de caer del todo, impide ver el bosque de la realidad, provocando una desagradable impresión general de confusión y aturdimiento.
Tanta información inconexa, tanto supuesto escándalo, tanta exigencia de responsabilidades, tanto acusador entusiasta, tanta feria de las vanidades y tanto tertuliano omnisciente, generan un subproducto bastante infame.
José Luis Balbín, alguien debería reconocérselo, tenía razón.
El periodismo está en horas bajas, si es que acaso es periodismo lo que más bien parece linchamiento o inquisición de patio de vecindad. Nunca en España fue tan verdadera aquella frase de Mao: “cuando hay voluntad de condenar, las pruebas aparecen solas”. Y si no aparecen, las sustituimos por presunciones “iuris et de iure” o se dice aquello que los canallas decían cuando había un asesinato de ETA: “algo habrá hecho”, y seguían jugando a las cartas.
Antes de que el viento de la actualidad nos haga pasar al próximo suceso, igualmente caduco, creo que no se ha reflexionado suficiente acerca del caso del homosexual perseguido en el Madrid fascista de Ayuso por 8 homófobos encapuchados, marcado con letras infamantes en las nalgas, e intolerable muestra de que nuestra sociedad está preocupantemente carcomida por talibanes de extrema derecha.
Resulta que no era tal, aunque eso era lo que convenía el espíritu periodístico de los tiempos. Vaya por dios. Qué desilusión. Que la realidad no te estropee un buen titular, dice el cínico dicho periodístico.
Tampoco resulta claro quiénes fueron los que asesinaron (¿fue asesinato u homicidio?) este verano a Samuel Luiz, víctima, según se aseveró, de este odio que anda suelto por España y de cuya culpabilidad se intuye todo menos su identidad. ¿Quiénes fueron? ¿Han sido detenidos? ¿Por qué no sabemos nada de ellos, de sus motivaciones para matar a alguien a quien no conocían…?
A mi, estas historias y su tratamiento informativo me han recordado la ilustración de un viejo libro de religión de mi infancia, cuando el antisemitismo todavía no estaba mal visto. Contaba, bajo la imagen de un niño crucificado, la historia de San Dominguito de Val, santo patrono de los monaguillos, esa especie en grave peligro de extinción. Y era un ejemplo hispánico de lo que se conoce como “libelo de sangre”: una historia inventada sobre un crimen ritual y atroz perpetrado por los judíos, remedando en un niño de siete años la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo.
El propósito era bastante evidente: calumniar a los judíos como preludio de algún “pogromo”, este sí, real.
El género del libelo de sangre es abundantísimo en toda Europa y desde la Edad Media hasta los decimonónicos “Protocolos de los Sabios de Sión” ha revelado su utilidad. Aunque Santiago Abascal, sus militantes y los votantes de su partido poco se asemejen a San Dominguito, la técnica es similar.
Hay que reconocer en mérito de este periodismo carroñero, que ha tardado poco en desmoronarse la calumnia del supuesto “delito de odio” con el que se amenaza a una comunidad difusa culpabilizándola de la existencia de un hecho inexistente. Aunque a regañadientes, se admite que, en este caso, este nuevo San Dominguito no era un mártir de crímenes monstruosos, sino, casi involuntariamente, por supuesto, un agente provocador del “fuego amigo”.
El verdadero Dominguito, desapareció en 1250 y su cadáver mutilado apareció a orillas del Ebro. La historia se reconstruyó, dice la Wikipedia, trescientos treinta y tres años después, para elevarlo a los altares sobre actas de sucesos similares de otros lugares de Europa. Para tranquilidad de la comunidad, eso sí, los judíos locales fueron ejecutados y Dominguito fue canonizado con cierto retraso.
Las actas que se conservan en la catedral sólo demuestran el hallazgo a orillas del río Ebro del cadáver de un niño mutilado. Por lo tanto, algo después, en 1969, en el marco del Concilio Vaticano II, Dominguito del Val fue uno de los 33 santos legendarios medievales, como San Cristóbal, San Jorge o San Valentín, cuyo culto fue suprimido burocráticamente del rito romano católico.
Los católicos tradicionales siguen manteniendo el culto y la devoción. Que una falsedad no te haga perder la fe.
Sigue informando la Wikipedia: En una inscripción en su altar en la Iglesia de San Nicolás de Bari en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, se indica: «Fue martirizado por los judíos en el año 1250 en Zaragoza su patria á la edad de 7 años. Sus reliquias encontradas milagrosamente se veneran en el templo del Salvador de dicha ciudad, y su culto se extendió, por rescripto de N.S.P. el Papa Pío VII de 9 de julio de 1808. Este altar erigido por sus parientes en el año 1815 trasladado á esta yglesia por un individuo de su familia en dicienbre de 1863 es hoy propiedad del Exmo. Sr. Dn. Rafael Merry y del Val- pariente de dicho santo”.
En el combate entre lo útil y lo verdadero, suele ganar lo útil.

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