EN LOS TIEMPOS que nos ha tocado vivir, donde la tecnología, la digitalización y la inteligencia artificial prevalecen en la sociedad, y los intereses particulares se imponen sobre el bien común, siendo difícil encontrar personas que ofrezcan algo a los demás sin esperar una contraprestación a cambio, resulta muy gratificante recordar la historia de don Emilio Zurano Muñoz.
Una calurosa mañana de agosto del año 1857, en un sencillo cortijo de la barrida de Benzal, perteneciente a Pulpí, Beatriz y Pedro tuvieron su quinto hijo y lo bautizaron con el nombre de Emilio Ramón.
Así, en el seno de esta familia de labradores, que trabajaban en el campo de sol a sol para que a sus hijos no les faltase un trozo de pan que llevarse a la boca, fue creciendo el pequeño Emilio. Desde muy temprana edad, como todos los zagales de su entorno, colabora en las faenas del cortijo y, como en Benzal no había escuela y en su casa no disponían de tiempo ni medios para llevarlo a la de Pulpí, cuando tenía cinco años, los ratos de los que disponía los dedicaba a visitar al ‘tío Pitero’, que sabía leer y escribir. Corría el año 1862 y Pulpí acababa de nacer como municipio independiente al segregarse de Vera. En poco tiempo asimila las enseñanzas que le proporciona su improvisado maestro consiguiendo incluso aventajarlo.

Desde el momento en que logra descifrar el secreto de las letras, se despierta en él un inmenso interés por aprender. Su afición por la lectura es tal que devora todos los textos escritos que caen en sus manos, así como las novelas que le proporcionaba el médico del pueblo.
Desde muy temprana edad colabora en la economía familiar y, como los demás niños de Benzal, sustituye el tiempo que debía dedicar a la escuela por cuidar un rebaño de ovejas. Pero él ya había hecho sus deberes y, aunque no había tenido la oportunidad de pisar una escuela, sí había conseguido que el ‘tío Pitero’ le enseñara a leer y a escribir.
Siempre que salía con el ganado llevaba un libro en el bolsillo y, mientras las ovejas mordisqueaban la reseca hierba, su mente era absorbida por aquellas historias escritas, circunstancia que le provocó más de un disgusto y algún que otro castigo, pues mientras su imaginación volaba con el protagonista de la novela, las ovejas pasaban a la finca del vecino y disfrutaban con las tiernas hojas que los almendros y los olivos tenían en sus ramas falderas.
Emilio ejerció el oficio de pastor hasta los 15 años y, a partir de esa edad, colaboró en la finca arando, sembrando y recolectando las escasas cosechas que ofrecía la tierra. El poco tiempo libre que le quedaba, pues las faenas del campo duraban desde la salida del sol hasta que éste desaparecía por el horizonte, lo dedicaba a leer y a reflejar por escrito sus pensamientos e ideas.
Dice el refranero español que “nunca llueve a gusto de todos” y que “no hay mal que por bien no venga”, pues bien, en 1879 hubo unas tremendas inundaciones en la zona y desde la Junta de Socorro de Madrid enviaron a su presidente, don Manuel de Galdo, para que evaluase los daños. Llegó a Huércal Overa en abril de 1880 y pronto tuvo noticias de la inteligencia y el despierto espíritu del joven Emilio. Por aquella época, éste tenía cierta relación con los redactores del periódico ‘Horizonte’ que se publicaba en este pueblo y, en una velada literaria celebrada allí con la presencia del señor enviado por Madrid, Emilio leyó uno de sus escritos, impresionando gratamente al Sr. De Galdo, que no imaginaba que alguien que no había ido a la escuela pudiera tener una mente tan lúcida y se expresase de aquella manera tan elocuente.
A partir de ese momento todo se precipitó. Emilio tenía 23 años y su vida iba a sufrir un cambio radical. La desgracia general provocada por las inundaciones le iba a permitir cumplir su sueño: estudiar. El Sr. De Galdo le propone viajar a Madrid como criado suyo, comprometiéndose a costearle los estudios y, unos días más tarde, el periódico ‘Horizonte’ publica su primer artículo titulado ‘El hijo del campo’.
TRIUNFO EN MADRID
Se fue a Madrid y, 5 años más tarde, obtiene el título de Bachiller con la calificación de sobresaliente e inicia los estudios de Derecho en la Universidad Central, consiguiendo la licenciatura en 1891. Empieza a trabajar en la fábrica de golosinas ‘Industrias Matías López’ en 1896 y, pasados 5 años, se convierte en director gerente de la empresa. Desde este cargo realiza una meritísima labor de difusión cultural con la campaña ‘Ilústrese deleitándose’, que consistía en publicar historietas de zoología, personajes célebres, pasajes históricos, etc., usando como medio de propagación las envolturas de los caramelos y chocolatinas que comercializaban. También puso en funcionamiento los álbumes. Esto dispara su popularidad, ocupando importantísimos cargos, escribiendo varios libros, editando folletos, publicando artículos y dando conferencias sobre asuntos tan dispares como el Canal de Isabel II, ferrocarriles y carreteras, la despoblación del campo o la seda. Llegó a ser condecorado Caballero de la Orden Civil de Alfonso XII.
MECENAS EN BENZAL
Pero a pesar de su éxito nunca olvidó sus raíces, y en 1911 compró unos terrenos ubicados en el paraje de Los Soleres, cerca de la Cortijada de Benzal. Habilitó dos escuelas en su interior, una para niños y otra para las niñas y, durante 18 años, costeó los gastos de material y profesorado de las mismas. No quería que los zagales de su tierra se vieran privados de una escuela donde aprender a leer y a escribir, como le había sucedido a él. En 1929 dona el terreno con las escuelas al Ayuntamiento de Pulpí, con la condición de que siempre se utilizaran para uso escolar. Un año antes el pueblo le había nombrado Hijo Predilecto.