El conocimiento cabal de las palabras supera, con mucho, las definiciones o equivalencias de los diccionarios; por otra parte, siempre, incompletos. Hay que penetrar en los secretos del habla, contenidos en la natural polisemia de muchas voces y expresiones. Esa indagación es la mejor forma de hacerse cargo de las tradiciones culturales de la sociedad y de su idioma correspondiente. El respeto a la costumbre no es solo una forma de sabiduría, sino de equilibrio y de salud mental. Conviene asegurar tal principio, pues nos encontramos en un mundo que desestima muchos usos heredados. Uno muy principal es el contenido de las formas del lenguaje.
A primera vista, se podría pensar que las variaciones del vocabulario son, siempre, una consecuencia de la razón. No es así. Son muchos los aspectos poco racionales, incluso, caprichosos, que van con el habla.
Con la misma raíz etimológica, los hablantes del castellano componen voces diversas y hasta con significados dispares; por ejemplo, uno encomiástico, el otro, despectivo. Véase creyente (=profesa ideas profundas) y crédulo (=se traga cualquier cosa que oye, ingenua o tontamente). O también: oportuno (=adecuado, conveniente) y oportunista (acomodaticio, hipócrita). Del mismo modo: popular (=referido al pueblo), populachero (=despectivo del anterior) o populismo (=más propio del autoritarismo y cercano a la demagogia).
En castellano, los sustantivos suelen ser masculinos o femeninos. La elección de uno u otro género resulta bastante arbitraria, normalmente, asociada al origen de la palabra en cuestión, por lo que debe buscarse demasiada racionalidad. A veces, se dan curiosas ambivalencias, como el calor y la calor. La segunda forma es, más bien, popular. Otra ilustración es el mar (género normal) y la mar (la forma preferida por los poetas o los pescadores y marineros).
Más enjundia ideológica tiene la palabra hombre o los hombres, la humanidad, que comprende a los varones y mujeres. Ahora, por mor del feminismo imperante y la imitación del inglés, se tiene que repetir “varones y mujeres” o se recurre a la expresión “ser humano”. Es una gran tontería. Se comprende que, en inglés, la voz man se preste a confusión, pues significa “varón”. En castellano, no tiene que producirse tal confusión.
En la parla común, se utiliza mucho la expresión arma arrojadiza para indicar la que se impulsa con la mano o con algún sencillo instrumento. Lo curioso es que, de ese modo, se quiere dar un sentido de algo, especialmente, peligroso o dañino. La realidad es que lo sería mucho más si se tratara, por ejemplo, de un “arma explosiva” o la disparada con algún artefacto (pistola, revólver, fusil, etc.).
Otra sinrazón es la que ocurre con la expresión punto álgido, como el momento más intenso de un proceso; casi podríamos decir “el más caliente”. Sin embargo, “álgido” equivale a “frío, helado”.
Son innúmeros los constreñimientos de la llamada “corrección política”: los modos predominantes del habla en el espacio público, por lo general, importados de los Estados Unidos. Por ejemplo, el feminismo dominante ha impuesto referirse a la ablación sin más, como un atentado contra las mujeres. Realmente, la “ablación” es un tecnicismo para la extirpación de cualquier órgano del cuerpo. Habría que completar la expresión ablación del clítoris para indicar la práctica musulmana, que en Occidente se interpreta como una grave injuria a la víctima (una niña). Pero, casi nunca se hace esa necesaria aclaración, quizá, por el temor puritano a pronunciar la palabra “clítoris”.
En la parla política del Gobierno de España (socialista), se ha llegado a la caricatura del eufemismo cuando, en lugar de “crisis económica”, se dice “recuperación” e, incluso, “resiliencia”. Ya, es cursilería.
En el lenguaje público, se recurre a la voz actuación (con un implícito sentido dramatúrgico) en lugar de acción. Se aplica, por ejemplo, a los jueces o a los policías. Hay otras muchas ilustraciones de alargamientos innecesarios. Por ejemplo, matización (en lugar de “matiz”), nacionalidad (que sustituye a “nación”), tecnológico (que se impone sobre “técnico”).
Por influencia del inglés ubicuo, se prefiere olvidar, de plausible, su auténtico significado (“digno de aplauso”), para aceptar el corriente de “muy probable”. Un parecido ascendiente espurio se ejerce sobre la voz bipolar (=que tiene dos polos), aunque, en buena lógica, los polos son siempre dos. Es otro caso de innecesario y retórico alargamiento de las palabras. La influencia anglicana, por mor de las películas y las series de televisión, lleva a un enojoso retorcimiento del castellano. Por ejemplo, el abuso de la expresión estamos hablando o el añadido de ¿quiéres? Detrás de un imperativo. El verbo controlar (=inspeccionar, verificar, dominar) fue un barbarismo en su día. Ahora nos parece poco y hemos acudido a otra importación: monitorizar. La tontería da más l